Apuntes sobre el pensamiento mágico en pandemia

Nos gusta pensarnos como una sociedad democrática, basada en un ordenamiento determinado que nos da ciertas seguridades y que tiene un sistema de relaciones económicas y sociales sostenidas en una determinada racionalidad. Compartimos una serie de principios y supuestos básicos que nos permiten adecuarnos a la vida en una cierta etapa. Y eso se refuerza a partir de mensajes que vienen cargados de significación. Tenemos economistas que hablan de una “racionalidad económica”; juristas que se pronuncian por la “racionalidad jurídica”; planificadores que le rezan una plegaria laica a la “racionalidad territorial” y expertos que citan “la racionalidad sanitaria”. Y más allá de si todos entendemos esos conceptos básicos, compartimos una creencia general: creemos que todo eso es posible.

Ahora bien: una cosa es esa autopercepción que tenemos como sociedad, y otra cosa que realmente sea así… Para encontrarnos esas paradojas no hace falta ni siquiera salir de casa. Basta con ver dónde pusimos aquella maceta de ruda; recordar aquella botellita de caña con ruda que preparamos para el ritual del primero de agosto; la disposición que hicimos de nuestra casa siguiendo criterios del Feng Shui o las mil y una precauciones que adoptamos cuando nos tropezamos con una escalera en el medio de nuestro camino, un personaje “mufa” o un gato negro. La irracionalidad, el anti cientificismo, la magia, están al alcance de la mano. Y pueden ser elementos culturales necesarios para tolerar una vida cotidiana alienante, que nadie lo niega.

Otras veces, en cambio, ese pensamiento mágico toma caminos más riesgosos. Se configuran como movimientos que niegan principios básicos. El terraplanismo, por ejemplo. Una corriente de pensamiento que contra todo evidencia sostiene que la tierra es un redondel plano. Como un botón. Un pensamiento inocente, mágico, que gana cada vez más adherentes en el mundo a caballo de una actitud que también se expande: la desconfianza hacia el mundo científico.

En un plano similar, aunque más riesgoso, se inscribe el movimiento antivacunas. Nacido a partir de un trabajo pseudocientífico publicado por el médico Andrew Wakefield en la revista The Lancet tan temprano como tarde… en 1998, esta corriente de opinión puede llegar a producir serios daños en la salud pública. Si bien es una minoría (por ahora), sus integrantes son muy activos en las diferentes redes sociales y hay una proyección que realmente mete miedo: en diez años podrían convertirse en mayoritarios.

¿Qué decía Wakefield para que tanta gente reniegue de la vacunación obligatoria? Afirmaba haber estudiado a 12 pacientes que recibieron la vacuna triple viral, y que nada menos que 9 de ellos mostraron desórdenes del tipo autista. De allí a que la vacuna produce autismo hubo un solo paso. El miedo a lo desconocido sumado a la desconfianza hacia el mundo científico, son dos motores muy poderosos y el rumor se esparció rápidamente por todo el planeta. De nada valió que otro equipo médico revelara que Wakefield había realizado un fraude con su experimento para impulsar otra vacuna, de su autoría. La revista Lancet retiró el artículo, al doctor se le prohibió ejercer la medicina, pero el daño ya estaba hecho. Cualquier intento de convencer de la fantasía de ese argumento choca contra una cuestión de fe. Es irreductible, como cualquier dogma.

Desde la viruela al sarampión

La vacuna nació de la búsqueda de la humanidad por combatir una enfermedad que provocaba estragos: la viruela. Y hasta se encuentran registros de que la rápida desaparición de pueblos enteros de pueblos americanos originarios se debió a su falta de defensa contra el mal. La primera vacuna fue ideada por Edward Jenner y a partir de 1980 no se registran casos a nivel mundial.

Un dato más próximo a nosotros: quienes nacimos en las décadas de los ’50 y ’60 recordamos haber compartido escuela y juegos con niños sobrevivientes de la poliomielitis, en aquellos años conocida también como “parálisis infantil”. Entre las consecuencias de la enfermedad, estaba la extrema debilidad de los músculos. Los chicos que sobrevivieron podían caminar apoyados en unas estructuras metálicas que se calzaban en las piernas y se ayudan con bastones. La vacunación terminó con la “polio”.

En América Latina, y tras una campaña de 22 años, logró certificarse la eliminación del sarampión. Según datos aportados por investigadores de la universidad de La Plata, las vacunas evitaron más de “700 millones de enfermedades y más de 150 millones de muertes, y se espera que durante 2011-2020 las vacunas salven 25 millones de vidas, 2.5 millones/año, 7000/día, 300/hora y 5 vidas por minuto”.

El ataque sistemático a las vacunas puede producir la pérdida de la “inmunidad de rebaño”, que es el efecto adicional de una campaña masiva de vacunación: a medida que crece la cantidad de personas de una comunidad que tiene defensas contra una enfermedad, disminuye la posibilidad de que se transmita.

Esta inmunidad comunitaria, tan necesaria como esperada, es citada frecuentemente durante esta pandemia de Coronavirus que hoy causa estragos en todo el mundo.

Inmunidad y Covid

Algunos “dirigentes políticos” (de alguna manera hay que llamarlos), sostienen su fe en que el Covid solamente se calmará cuando se alcance la etapa de “inmunidad de rebaño”, con lo cual no habrá más contagios. A su criterio, solo hay que sentarse a esperar que llegue ese momento. Claro que se olvidan de contar la cantidad de muertes que debería producirse hasta llegar a ese punto.

En España están en plena polémica por este tema. Mientras algunos sostienen que alcanzaría con solo un 30 % de la población inmunizada para obtener el deseado efecto, otros sostienen que apostar por esa estrategia es poco práctico. Y la polémica no es inocente: mientras el gobierno central (del Partido Socialista), quiere imponer restricciones a los desplazamientos, el gobierno autonómico (del Partido Popular), quiere liberalizar todo.

Un estudio realizado por la Universidad de Georgia considera que la estrategia es poco práctica porque obliga a “permanentes correcciones” de las tácticas a utilizar y depende finalmente de la disponibilidad del sistema sanitario. En las simulaciones, encontraron que el Reino Unido tendría hasta 410.000 muertos por Covid (casi el 90 % entre personas mayores de 60 años). Pero con normas de distanciamiento y de aislamiento, esas muertes podrían reducirse hasta menos de 62.000 casos.

El primer ministro inglés Boris Jhonson fue uno de los primeros impulsores de la estrategia de la “inmunidad comunitaria” hasta que él mismo tuvo que ser internado en terapia intensiva. A partir de ese momento, el Reino Unido modificó su estrategia y aplicó normas más contundentes para mitigar la situación y aligerar la presión sobre los hospitales.

Ese “pensamiento mágico”, acientífico y descreído, alcanza otros niveles durante la actual etapa de la pandemia de Coronavirus. La Organización Panamericana de la Salud tuvo que alertar a la comunidad sobre las graves consecuencias de tomar o de inyectarse dióxido de cloro como medicación contra el coronavirus. La presentadora de un show televisivo (Viviana Canosa), promocionó su uso y hasta simuló beber ese líquido. Las consecuencias: un niño en Plottier murió luego de que sus padres le dieran dióxido de cloro.

Una actitud similar adoptó el presidente estadounidense Donald Trump cuando recomendó beber desinfectantes de uso hogareño como remedio contra este mal.

Presentadores, líderes políticos y religiosos, formadores de opinión, deberían ser más responsables a la hora de hablar de ciertos temas. Podrían, por ejemplo, pensar con más rigurosidad. Y poner en la balanza el impacto que pueden tener afirmaciones tan temerarias como inciertas.

Por Herman Avoscan

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